9.7.18

i s l a

yo 

I · llegada
la isla furibunda se revolvía con la acostumbrada ferocidad bajo un cielo gris apretado de frondosas nubes, transmitiendo un cerrado ahogo. carretera y mar podrían fundirse, las voces en diferentes idiomas conforman un humo suficientemente denso dentro del vehículo en marcha, que traquetea con esfuerzo perfilando los contornos de la isla. tras los vidrios, que se agitan con miedo golpeados por el viento rabioso, el océano, de un azul profundo y tremebundo, se encarama sobre las rocas. no rompe, no se lanza con desesperación en las paredes escarpadas, parece más estar arañando las impasibles y lúgubres rocas, y desde la lejanía una y otra vez, las garras marinas, preñadas de espuma, acechan el acantilado y se retraen vengativas, dejando señales claros en la superficie, tomando impulso, para volver a la vehemencia de su obstinación...



II · avistamientos
nombres confusos y rasgos vivaces danzan sobre sus cabezas, dejando vagas estelas sobre las facciones. con gestos enérgicos se expresan, casi a alaridos, las sonrisas bien delimitadas en cada boca, sin tensiones. mis instintos ya reciben las frecuencias y soy capaz de entender sus relaciones, como entre ellos desfilan contundentes las miradas, tramando delicadamente los hilos de las telarañas de sus historias, como se anuncian en el brillo de las pupilas las ilusiones y los deseos, como en el tono de la voz vienen implícitas frustraciones sin fecha, como entre ellos, con ellos, surgen y se disuelven las palabras, desmoronándose y formándose amorfos significados y simbolismos que aún no comprendo, pero que ya puedo intuir. la inofensiva oscuridad nos acuna, bebemos iluminados con una leve penumbra naranja, entre los sonidos de las sillas y el chocar de las cervezas. empiezan entonces a construir las frases enunciado posibilidades a palabras, unas que jamás van a tomar, se puede ver en la forma en la que la sonrisa se resquebraja a un lado de la mejilla, dejando una grieta en la boca; su voluntad se estrella y astilla. conversaciones se forman, vagas, y viéndose sin sentido se desvanecen de nuevo, confusas, perdiéndose en otras precipitaciones y borrascas, mientras el instante de brillante esplendor se deshace y la noche se sucede en el cielo salvaje...



III · las cumbres
obsesionados, con una obstinación rectilínea, nos lanzamos en busca de una 'belleza', escrutando, juzgando, leyendo apretados parágrafos, sin ser conscientes que todo cuanto acontece es perfectamente precioso;  demasiado lejos de la vida, nos distraemos con las luces de neón al borde de las calles, organizamos la ansiedad en páginas, dejamos que nos engulla la distracción, perseguimos horas y minutos, arañamos la ideas, dejando pensamientos inconclusos... aquí la niebla se entrelaza, se reúne, se esparce entre los pliegues de las montañas, el viento impetuoso la hace resolverse, como si le hiciera cosquillas, como si jugaran entre los árboles, entre las cumbres, cambiando continuamente la perspectiva del paisaje, ocultando y mostrando, danzando sin fin mientras el sol rota tranquilo, trayendo la densa sombra encima del mundo. la naturaleza no corre apresurada, no cuestiona los ciclos, las adversidades, existe de la forma más pura, se adapta, se sobrepone, muere, se regenera, nace... en las cumbres casi puedo sentir el abrazo de una tranquilidad ancestral a la vez un miedo se gesta en alguna sombra del corazón, miedo ante la soledad y la pureza, miedo al sentir el agresivo viento remover los pasos inciertos, al sentir la fuerza, el poder de algo que creemos domar. en una obertura en la roca, nos sentamos mientras la luz desmayada lucha en el horizonte; el roque se yergue indomable, el viento llena los oídos de furiosos gritos arrastrados de las tristezas ajenas; alrededor no hay señales, ni carreteras, no hay personas ni apenas animales, sonidos o referencias, no hay palabras en los pensamientos, ni ninguna percepción del tiempo y entonces, allá arriba, en medio de la nada, con la soledad y el silencio besándome las mejillas calientes, siento que estoy sentada en el fin del mundo.





(la madrugada, el sueño inmisericorde me obligó a detenerme: ahora me detesto por haber dejado huérfano el impulso, por haber dejado morir a aquello que venía del lugar adecuado con una fuerza irresistible, ahora ya no puedo escribir sobre el pueblo blanquecino, sobre las apariciones en las playas negras, sobre los nuevos conocidos, y el francés que se aprende en los lugares más insospechados, los paseos en la oscuridad a través de un acusado vértigo en las entrañas, sobre aquello que ví más tarde en los ojos de los demás, sobre las carreteras infestadas de niebla y las carreras en la oscuridad, a través de la lluvia y el pánico, ni del atardecer o el vino dulce, del calor en el estómago, de las piedras mágicas, de la niña de cristal o el agua helada de las montañas... todo ello está perdido)