22.5.12

en el calor del subsuelo

yo 
A veces siento como la realidad se desembaraza de mí, casi como si me tirara más allá de la línea de lo posible, dejándome en una completa confusión. Sigo siendo yo, yo sentada en el banco del metro, con las dos piernas cruzadas como un indio, mirando las vías negras que se extienden hasta perderse en la morbosa oscuridad. La música suena, sinuosa, atrapante, tan ondulada como siempre. Pero siento que el hilo que me conectaba a lo real ha desaparecido, y estoy suspendida en algún tipo de inexistencia. Como si me hubiera quedado conmigo a solas y los demás tan solo pudieran ver mi humanidad, una cáscara vacía.

Y en esa inexistencia me siento sola. Muchas veces la busco, cuando intento llorar desesperada con canciones tristes de los Beatles sin conseguirlo, cuando siento que estoy en el lugar y el tiempo equivocado. Pero cuando me acecha, cuando me acecha silenciosa y rompe abruptamente aquello que me mantiene donde estoy, me siento abandonada. Esencialmente sola. Siento que necesito, que  realmente NECESITO sentir tus brazos de nuevo, una especie de cinturón apretándome contra tu pecho, dos articulaciones musculosas que buscan esa unión aparente de dos cuerpos que en realidad es la de dos almas, dos esencias que ansían sentir esa comprensión y seguridad irracionales que cargamos los seres humanos. Creo morir (y muero) porque realmente no te quiero a ti. Porque sé, con toda certeza, que no te quiero, ni tan solo un poco. Que no conoces ni uno de mis resquicios, que serias incapaz de intuir lo que oculto en cada batir de pestañas. Pero en ese momento, en el que las vías se pierden, y el metro no llega, en ese momento de soledad y de no ser nada, lo necesito. Tan solo necesito saber que si algún día decidiera adentrarme en esa morbosa oscuridad, alguien estaría dispuesto a seguirme hasta ella.

Que alguien caminaría cerca de mí, sin importarle a donde fuera ni que pudiera perder en el camino.