5.6.12

te dije que eras idiota y tú me besaste

yo 

A veces cierro los ojos, cansada, exhausta, cayendo al borde mismo del cansancio absoluto. Las tinieblas se remueven un momento, como girando en espiral. Y allí encuentro  tus manos cogiendo con amor mi rostro, apartando lenta y cuidadosamente mi pelo hasta colocarlo detrás de la oreja, tras una caricia furtiva y una sonrisa traviesa. Encuentro tus ojos, grandes, negros, que me parecen repletos de sinceridad y cariño franco, fijos en mi rostro (querido, pareces hechizado) 

Sonríes, sonríes y jamás una sonrisa me había parecido tan perfecta, y creo estar soñando, de hecho, deseo estar soñando, porque reblandeces mi voluntad férrea, haces que descuide mis murallas y aun no se si puedo mostrarme indefensa ante ti (yo y mi miedo crónico al mundo) Hablas, rompiendo por un momento este encantamiento hipnotizante que el silencio había sellado con su perfecta quietud: ‘Madre mía (un vacío casi eterno) cuanto te quiero… te quiero tantísimo’ dices, mordiendo un momento el labio, como si hasta te resultara doloroso, como si fuera algo que no pudieras evitar. Después me acercas a ti con suavidad, más y más, centímetro a centímetro y cuando nuestros labios están a un suspiro de distancia, dejas mi alma al borde de la boca, a punto de entrar en la tuya para explorar este delirio en el que ambos estamos envueltos, y me dices, susurrando, mientras yo te miro expectante, como si no existieran las sombras dulces de los árboles, ni la brisa pesada del verano, ni los ocasionales transeúntes, te acercas un poco más y me dices: ‘Eres preciosa

¿Y sabes que es lo peor?
Que te creo.

(aunque sepa que ‘tú y yo’ siempre ha sido una utopía)

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