22.7.12

de estrellas y deseos inexistentes

yo 
Nunca había querido hablar de estrellas y universos para que no me confundieras con cualquier otra típica chica de dieciocho años, pero hoy, hoy que estás aquí sentado, frente a frente, con aquellas maneras tuyas, con esos ojos que siempre adoré mirar… me veo obligada a hacerlo. Hacerlo por gusto, más que por obligación.

Las estrellas son mis amigas, una especie de zombies nocturnos atrapados en un cielo negro. Cuando era más joven había una en especial que siempre brillaba con fiereza en la ventana. Muchas veces quise darle un nombre, como para hacer mi vida más de novela, pero nunca se me ocurrió ninguno bonito que no sonará demasiado casual. Así que sigue siendo anónima. Me gustaba mirarla y pensar que ella era la única que estaba ahí cuando la necesitaba. Años después ya no conseguí distinguirla de las demás y me dí por vencida. Aquello había sido una estupidez. Una última desesperación por sentir morir la soledad en el pecho través de la creencia de que algo que no tiene vida y que se encuentra a una distancia que nunca podré abarcar, me mira desde su misterioso origen, con promesas de magia e inmortalidad.

Pero crecí, crecí y me di cuenta que las estrellas también mueren. Todo el humo, esta niebla gris que cubre la ciudad (que nadie ve, que parece invisible) me ha mantenido ocupada, enajenada, con el alma callada y torturada. He sentido esa niebla reptando por mi cuello hasta colarse entre mis labios y languidecer en mi interior, envenenándome. Muchas veces he sentido un vacío vital entre los pulmones, como si el oxígeno y la sangre no fueran suficientes para mantenerme con vida, como si necesitara algo más.  Como si me alejara de aquello a lo que pertenezco. Y fue una noche fría de abril, mientras volvía a casa bajo luces intermitentes de farolas dejando atrás el olvidado cine, que miré de nuevo el cielo nocturno, sintiendo una extraña comunión. Lo observé simplemente para hacer algo que llevaba tiempo sin poder hacer. Disfrutar de lo inexplicable.

Allí me encontraba, en medio de aquella carretera, ya que siempre había sentido un placer secreto por caminar por la gravilla cuando no había coches a los que esquivar. Creaba la falsa sensación de que mi vida era mía, que la noche me pertenecía. Así pues, detuve mi paso esquivo y, abriendo los brazos en canal, observé la negrura del cielo. Me deleite, oh querido, que gusto poder observar algo no contaminado por la humanidad. La humanidad se llevó mi esperanza y mi dulzura, se llevó las noches de jazz y autocines y a John Lennon. Pero aquello podría seguir siendo mío.

Nunca había querido hablar de estrellas… porque ¿sabes que? La mayoría de gente solo ve en ellas luces brillantes, un espectáculo nocturno. Lo racionalizan. Son astros que brillan, su luz viaja y nosotros las vemos desde la tierra. Pero yo, que soy más de creer en imposibles y vivir fantasías, me gusta pensar que las estrellas siempre estarán ahí para mí, como recuerdo de que aun queda algo limpio en esta mugrienta sociedad, de que algo puede seguir brillando aun y la oscuridad que nos acecha.

Las estrellas son una reminiscencia de la pureza que una vez tuvo el cosmos.

Y por eso quiero que tú seas la mía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario