27.7.12

yo 
Jane le mira y no sabe que pensar. Él le sostiene la mirada, como dejándola en vilo. Y todo se oscurece, el deseo los cubre con un manto denso del que no pueden (ni quieren) deshacerse. Los ojos se agrandan, los labios se muerden, la respiración se acelera. Explotan. En sus pieles se abren grandes barrancos que caen hasta la nada, toda su sangre hierve, el volcán erupciona y sus cuerpos se demandan. Se les pierden los nombres con la prisa, pierden el sentido de la existencia y no se dan cuenta de que son. Labio contra labio, batalla perdida. Cada vez más cerca, las manos violentas trepan por la espalda y se aferran con ansia al cuello vecino, una ansia que no responde a nada cerebral, que es fruto del mutuo deseo de encontrarse. Ya no son Jane y Caleb, no tienen cuerpo ni género, sus pensamientos no fluyen, lo único que pueden sentir es el latido furioso del otro en las pulsaciones de la sangre. Se pierden, se desvanecen entre gemidos asustados, todo se desmorona, caen las pestañas suicidas, muere el aire que había entre ellos, aprisionado entre dos paredes de carne ahora fusionada en una sola. Al fin deja de salir lava caliente y se separan, poco, pero se separan.
Jane le mira, le mira… y no sabe que pensar.

 

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