22.9.12

visiones I

yo 
Doblan las campanas. Tardío funeral, efímero sonido. Inútil existencia. Apatía aguda, odio insospechado abriéndose paso a través de los pulmones. La gran sombra del cansancio, justo allí, en la esquina de la catedral de piedra, donde nacen los fantasmas sin rostro. Oscuridades apagando luces. Escalera de grises, gritos mudos. Conciencia de la soledad absoluta y perpetua del alma (que no hace sangrar). Prisionera agradecida de mi mundo que se convierte en oxígeno cuando lo demás ahoga. Nadie lo ve. Nunca nadie ve esto. ¿Si un árbol cae en medio del bosque en soledad, se oye el sonido? Pero el funeral... rosa blanca sobre tierra carbón, revuelta. Lluvia silenciosa, fina, transparente. Cala, cala muy hondo. Llora por mí. Silencio expandiéndose alrededor de la brecha en la tierra, agujero insondable que no llegará a abarcar los años de sufrimiento. Melancolía, tú siempre estás ahí. Única asistente. Decían, pero mentían. Algo común. Única asistente a esta muerte en vida. Mía propia. ¿Cuantas veces más doblarán las campanas? Nadie es capaz de abrazarme para que el cuerpo vuelva a encajar. Mejillas hundidas. Piel de muerta. Nadie lo ve, nadie se escandaliza. Nadie lo intenta, esfuerzo inútil. Rosa blanca, como una pincelada sin fuerza, sobre la tierra, que la traga ansiosa. Nada es nunca para siempre. Ni para un rato. Nada es nada.


Doblan las campanas, se extinguen los colores, se suicidan los sentidos.
El aire se vicia de niebla gris.
La asfixia.
Y luego nada.

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