17.11.12

after the storm

yo 

El día era callado, ambiente espeso, de cuento de terror a medias que se ha quedado suspendido en un terrible y delicioso final. Reinaba un silencio demasiado pesado, como si los seres que poblaran la tierra se estuvieran ahogando con semejante carga vacía sobre los hombros. No se veían horizontes, la bruma empañaba cualquier visión y enturbiaba cualquier alma mínimamente dada a dejarse ir por la melancolía, una intrínseca y ágil, que se cuela sin querer y jamás abandona.

Aquellos días hubiera querido volver a las vías fantasma, aquellos senderos dejados que ya no conducían a ningún sitio. Allí la realidad se difuminaba, todo se tornaba algo novelesco y eterno. Sentía que estaba en una secuencia que se repetía y repetía, el tiempo pasaba hasta cierto punto y luego desaparecía. Deseaba, necesitaba sentarme en aquellas vías grises, tan solas, tan nada, sentarme con ella al lado; dos barcos a la deriva, ambas con los pulmones encharcados, dulce naufragio el de su alma. No podíamos evitar el hundimiento, pero almenos no nos hundiríamos solas. La soledad es menos punzante cuando es compartida. Estar allí, mirando el bosque desehecho, de un verde oscuro invierno, como empañado, mirando sin mirar aquel pobre retazo de naturaleza que la humanidad había dejado agonizando entre ciudades humeantes y contaminadas.

Oh, que preciosa escena, cigarrillos en los dedos huesudos, caladas aspiradas con ansias insanas, pulmones repletos de negra anestesia, humo abandonando moribundo los labios y luego ellas (nosotras) dos, sentadas de cualquier forma, espectros, fantasmas terribles, que buscan y no encuentran, que tienen las alas rotas sin haber volado nunca. La bruma, aquella terrible bruma de noviembre inundándolo todo, haciendo que hasta verse entre ellas fuera una odisea. Y el terrible frío, uno que al principio atenazaría, mordiendo con rabia sus pieles decoloradas, casi de muertas, y que después se convertiría en un fiel aliado.

Pero aquella utopía estúpida no hacía más que vagarme por la mente, como una escena perdida de una película en blanco y negro. Vivir sin pretensiones ni consecuencias, cuan terrible era la existencia que me seria destinada, siempre queriendo romperlo todo, siempre aguantando las ganas, algo presionando con insistencia en la sien, algo que me recordaba a un aparato nefasto, de tortura, a un electroshock demoníaco que me transmitiría aquella descarga horrible, aquel calambre agudo. Abriría la garganta exasperada, con todo mi ser gritaría sin querer:

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡REALIDAAAAAAAAADDDD!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Ka-boom. Se acabó. Se desgarraría ante mis ojos la preciosa y terrible escena, sangrando sobre la pantalla, nosotras dos, dentro de la misma, miraríamos con parsimonia aquello que nos está destrozando, que nos rompe como siempre en pedazos. No habría miedo en las miradas, ni temor, ni huida. Aceptada la muerte no importa cuando venga. Y allí se quedarían (nos quedaremos) como dos huellas superficiales en un mundo espeso, como un trozo de niebla encima de la hierba verde. En una pantalla apagada y sangrante, prisioneras de una nada que abriría en canal nuestro espíritu anegándolo con su repugnante petróleo.

La realidad de nuevo, asesina, asestaría un golpe mortal y solo querían unas alas rotas, grotescamente deformadas por el golpe, que jamás pudieron ni supieron volar.

2 comentarios:

  1. Pff... De verdad que no me canso de leerte.

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  2. Si alguna vez escribo igual de bien que tú, podré sentirme satisfecha el resto de mi vida.

    He vuelto a leerlo con Mumford & Sons sonando y ha sido PRECIOSO en conjunto, tu forma de expresarte en cada frase y el tono melancólico de Marcus.
    "La soledad es menos punzante cuando es compartida".

    Ay.

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