12.2.13

Nocturno.

yo 
La negra noche, como un vendaje tibio, cruza la piel, deslizándose cuidadosa, abrazando cada centímetro, hasta envolverlo todo suavemente. Apenas se ve la oscuridad, todo brilla, como en un sueño, miles de luces llamean con delicadeza, colgando con cuidado de su nocturna amante, bailando en silencio, como fuegos fatuos.

Las teclas se hunden, dedos vuelan, por encima, las presionan, las acarician, y parecen bailar insomnes, como fantasmas regodeándose en su inexistencia, largos y cómplices. Las teclas blancas se convierten en piel, los dedos acarician, más hundimientos, más notas yéndose a pique, terrible naufragio, y su cabeza se estira hacia atrás, se convulsiona en el placer de lo inexplicable, de aquello inmaterial, inexistente, aquello que ilumina a través de la nada dotando de un sentido absoluto aquello que parece no tenerlo. El alma le susurra unas palabras, bajas, húmedas, toda su alma es tocada por esa delicadeza, esa eternidad siempre ansiada, segundos sentida como un éxtasis maduro en el centro del cuerpo, que explota, que late en las extremidades, en los pulmones, incendiando la sangre, derrumbando las fuerzas. Todo gira, sí, satélites en el pecho alumbrándolo todo, jamás ha sido más él mismo, jamás ha sido capaz de ver más cosas que ahora, cuando los ojos se cierran, cuando el alma canta y gira ida, y los brazos responden a los deliciosos espasmos, queriendo exteriorizar esa melodía secreta, los dedos, sí, sus dedos no hacen más que reseguir las teclas, fervientes amantes, alocados, gimiendo bajo el tacto del instrumento, bajo la magia envolvente de la sonata que se extiende por el tiempo, como si jamás fuera a acabar...

Luces, las luces tenues iluminan íntimamente una habitación contagiada de oscuridad, una nocturna, afilada, fría, dulce, una que calla. Alegría, felicidad se respira a trompicones, hay nieblas condensadas en ambas miradas, ojos que no se ven, ojos empañados de deseo cálido. No existe nada, no se contempla la individualidad, allí tan solo hay una melodía, una que tocan al acariciarse las pieles, envueltas, siempre en contacto, siempre adheridas a la piel del otro, y ellos se comunican las notas, resuenan en sus labios, gemidos, esas teclas se oyen, y el frenesí crece y crece, más roce, más música, más alma, menos persona, la sonata se transmite a través de sus pieles, erizándose hacia el cielo nocturno henchido de luz...

Y sí, sí, todo, todo explota pasada la medianoche, tras la brillante nocturnidad quedan resonancias, quedan resquicios de luz gris que muere en un cielo suicida, en una noche que huye más allá del horizonte...

Nocturno.

2 comentarios:

  1. ¿Por qué las cosas más interesantes suelen ocurrir por la noche?

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  2. Hacía mucho que no me pasaba por aquí pero por mucho tiempo que pase tus textos me siguen emocionando. Cuando mis ojos acarician tus letras siento que desprendes magia.

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