21.1.14

visceral.

yo 

Tamara Lichtenstein
Las ondas empiezan a modularse de otra forma distinta, siento como crepitan por debajo de este nuevo suelo que había construido. Siento el temblor en los dedos de los pies, se transmite como un auténtico terremoto en la yerma tierra del alma, funesto presagio. Sí, las ondas están tomando otra forma, sus sinuosidades se contraen y se hacen grandes bajo de mis pies. Pronto lo desquebrejaran todo. Pronto tendré que aferrarme a algo, algo que antes no estaba, tendré que sentir el vértigo puro en el estómago, una helada alarma, clavada de una sola estocada en lo profundo de las entrañas. Volver a rehacerse. Siento como todo pulsa en la superfície y mis ganas, cansadas, se estiran medrosamente, como diciendo '¡qué más da! no vale más la pena, esto no deja de suceder una y otra vez, una y otra vez. cada vez estás menos segura. ¡qué más da! déjate tragar, no busques en la superfície un salvavidas'. La escucho. Reflexiono mirando las pequeñas piedrecillas que parecen saltar del suelo a causa de los temblores. Asiento lentamente para mí misma. Algo ha dicho de cierto. Estoy cansada, eso es cierto, sería incapaz de volver a construir otro maldito suelo. Cada pequeña piedra me produce un terrible deshaogo. Cada colección de polvo me resulta nauseabunda. Es una certeza liviana que se proyecta en el cerebro. Cierro un momento los ojos. Siento un terrible peso al fondo de los globos oculares, como si tuviera algo enorme colgando firmemente que tuviera que aguantar a pulso el párpado para permanecer abierto. Lo siento un momento, la niebla de la mente empieza a cubrirlo todo. Pero la despejo toda de una vez al levantar el rostro al cielo, aun con los ojos firmemente cerrados. Siento el temblor convertirse en violentas sacudidas que ponen en peligro incluso mi propio equilibrio. Obzecada, me mantengo en el mismo lugar, ojos cerrados, rostro vuelto al cielo, sintiendo el sol calentar la piel mortecina. Puede oírse claramente como una brecha va abriéndose paso ruidosamente, como si alguien ahondára en un vientre blando con un afilado cuchillo. Se acerca, serpeteando abruptamente, abriéndose paso a la fuerza, para llegar hasta mi, como si fuera su única presa. La engañé. Segundos antes de que la brecha se abra bajo mis pies, salto. Simplemente. Salto. Salto porque mientras mantenia el rostro mirando a un ciego cielo, sentí una reminiscencia marina, sal en las fosas nasales, una cierta nostalgia veraniega, arena nocturna, sonrisas de neón. Y la he seguido de forma visceral, sin reparo, con un convencimiento total. Salto, pues, y siento (inexplicablemente) como caigo. Caigo y el cabello se lanza asustado buscando el cielo, como dos brazos negros hechos de finos hilos. Pero no siento miedo. El convencimiento es demasiado profundo y total, es demasiado cierto, real, puedo sentir su infimo peso en el corazón. Y entonces me engulle el mar. El agua se ablanda y me abraza, todo el cuerpo pierde el peso terrible, el cabello se deja vencer por la salada agua. Y solo entonces abro los ojos. Un azul vivo se extiende hechizante frente a mi. Me regodeo en la levedad, en el triunfo, en la magia de las profundidades.
El silencio del mar es un silencio absoluto, inquietante, de otro mundo.
Las extremidades responden, se mueven, suben. En la superficie, unas suaves olas me mecen. 
El gorgojeo estival se riza en las crestas. El sol sigue mirando desde arriba, en paz, sosegado.
Y yo nado. Nado, de nuevo, guiada por un faro interno. Nado en busca de otra tierra.
Hasta que llegue a una que no tenga que abadonar.
Una que me pertenezca.
Una que sea firme.
Una que sea mía.

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