21.6.14

muerte súbita

yo 
Me gustaría poder oír alguna vez el sonido que hace el corazón de uno cuando se rompe. ¿Existirá algún sonido real que se le asimile? Yo siempre he creído que cuando se produce la rotura se oye el peor sonido que existe: el silencio. Un silencio inabastable y pesado. 

Búscale una vía.

Se siente una especie de sobrecogimiento en algún punto de la garganta, quizás en la boca del estómago. Un horrible pellizco, un puño cerrado. A veces sientes un nudo prieto, maligno, que parece anudarse con fuerza en la tráquea. Lazo fatal. Despéjale la salida de aire, se nos va. Sensación de ahogo. Mil manos toquetean las entrañas. Las aprietan. Vértigo precoz. El furor de perder la consistencia bajo los pies. ¿Sangro? Va entrar en colapso. ¿Suena algo, se hacen grietas, se forman coágulos en el músculo palpitante? Entonces no pude pensar en ello, cuando un día de Septiembre de un único chute, una única palabra inyectada en vena, sentí como aquel distante ‘Adiós’ me devastaba la consciencia. Ha entrado en parada. Hay palabras que son capaces de robarte la vida. Marea baja. Tenía una mano en el corazón y otra en la boca. Apretaba inconscientemente la carne, con fruición errática. ¡Cárgalo a dos cientos, se nos va! No me movía. No lloraba. Quizás se me escaparon algunos gemidos bajos. Quizá ese es el sonido del infierno que tenemos dentro. Gemidos rabiosos y denso humo en las pupilas. Hora de la muerte 23:23. Llamad al forense, ha entrado cadáver. Cada vez que alguien ahora, durante una conversación, utiliza la expresión ‘congelar un instante’ me viene esa imagen a la cabeza. Un ataúd con ventana a un patio interior, y yo. La imagen de toda mi persona allí sentada, frente a una pantalla, ni siquiera frente a unos ojos afilados, no, ni siquiera el asesino tiene esa pequeña consideración. Un trabajo sucio, principiantes. No pudimos hacer nada por ella. Una persona sin consciencia de nada, una concentración ínfima de puro sentimiento que devora todo lo humano que pudiera existir. No sintió nada, señora, fue algo rápido. Ahora lo pienso y le añado algunos edulcorados tonos de poesía. Quizá esa ha sido siempre mi terapia y mi cura. Convertir aquello terriblemente horroroso en algo asombrosamente bello.  Para poder contemplar la pena sin esa puñalada profunda. Una mano en la boca, como si se me fuera a escapar el alma, como si quisiera retener un grito que no era capaz de subir por una tráquea infestada, una boca estéril y una mano inútil. Siento mucho su pérdida. Otra en el corazón ¿Es que inconscientemente pretendía sentir las vibraciones de la rotura, quería sentir la onda expansiva de los cristales a través de la fina piel? No lo sé, en ese momento simplemente me morí por un instante. La inexistencia pasajera. Mi más sincero pésame. Y luego un quemazón, un verdadero quemazón, las córneas a estallar de lágrimas, una sucesión de gemidos dolorosos abriéndose paso a través del caos. Repito, hora de la muerte 23:23. Pueden llevársela. El mar furioso de la mente azotando las incomprendidas playas con una furia devastadora. Como preguntando ‘¿Por qué?’ sin poder evitar que la pregunta fuera suplica. Era muy joven.

Así es como el punto, igual que una bala, destrozó el pequeño ecosistema del ‘Nosotros’. 
Así fue como empezó.
Número de caso: 028.
Nombre del fallecido: M. L.
Causa de la muerte: Muerte súbita.

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